Los límites de San Telmo

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Forasteros del barrio y del país deambulan por nuestra peatonal dominguera, formulándose una y otra vez el mismo interrogante: ¿Cuáles son los límites de San Telmo? Este afán por encasillar, delimitar y marcar zonas, tuvo seguidores en diversos grupos de estudio de la zona.

EL LAUDO ARBITRAL
A principios de 1987, un grupo de notables santelmistas contrató a cartógrafos, agrimensores e historiadores para demarcar las fronteras del barrio. El objetivo era sustentar la posición de diplomáticos de la República de San Telmo ante el arzobispado de Buenos Aires, mediador en un conflicto limítrofe que involucraba además a Montserrat, Constitución y La Boca.

Los términos del tratado no quedaron muy en claro. Es más, aún hoy se desconoce si al final de tanto barullo hubo acuerdo o no. Sí se sabe que el criterio predominante fue el de encuadrar a SanTelmo entre el bajo, el Parque Lezama, la avenida Caseros, la 9 de Julio y la calle Chile; criterio que no fue aceptado por grupos belicistas ni por los Puristas del Barrio.

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Los primeros querían que se especificara qué comprendía “el bajo”. Proponían abarcar el por entonces subvaluado Puerto Madero y detenerse en el borde del Riachuelo. También reclamaban como propia la avenida 9 de Julio y exigían de la Municipalidad un permiso para cobrar peaje en los accesos a la autopista.

Los Puristas, por el contrario, pretendían que los límites fueran las calles Balcarce, San Juan, Bolívar y Estados Unidos. Argumentaban que sólo una superficie reducida preservaría la identidad barrial y permitiría un correcto relevamiento de usos y costumbres de sus habitantes, para individualizar y expulsar de sus fronteras a aquellos que no comulguen con la idiosincracia santelmista. Pero la postura se debilitó al producirse una escisión en sus filas, cuando los más ortodoxos conformaron el movimiento «Los Puristas de la Placita», y circunscribieron San Telmo a la plaza Dorrego.

LOS TÚNELES DEL TIEMPO
Por supuesto que el debate no se agota en las fronteras de superficie. También el subsuelo es patrimonio barrial. Guías turísticos relatan en distintos idiomas -según la procedencia del contingente- historias de catacumbas, pasadizos y túneles secretos.

Ciertamente, es bajo tierra donde descansan los antecedentes de San Telmo. ¿Qué tangos, valcesitos y milongas atesoran los cimientos del edificio de Carlos Calvo y Defensa? ¿Cuántos dolores, gritos y huesos hay enterrados en Paseo Colón y la autopista? Debajo de qué conventillo habrán quedado las joyas de aquella solterona inglesa que murió de peste amarilla.

Y escarbando más profundo, parece que habita un Lucifer, cebador de mates y hacedor de tortas fritas, que convida a incautos visitantes, en un intento por atraerlos bajo su influjo. Según se dice, es difícil resistir la tentación, pero quien lo logra tiene el paraíso asegurado. Los que sucumben, en cambio, están condenados a la traición. Se mudan, reniegan del barrio o tiran basura en cuanto baldío encuentran. Pero principalmente, niegan descaradamente la existencia de duendes benignos, que afloran en la vereda por la madrugada.

LAS DERIVADAS DE LOS LÍMITES
Porque también hay quienes creen haberle descubierto un límite temporal al barrio. Los mendigos y vagabundos de la zona afirman que, en las noches de luna llena, San Telmo se desdibuja a eso de las tres y media, para dar paso a una neblina apenas visible a los ojos humanos, que brota de las paredes. Hagan la prueba de salir a esa hora a la calle y furtivamente den vuelta a cualquier esquina. Se encontrarán con formas brillantes que charlan animadamente en derredor de una hoguera sin llamas.

Para otros, el límite temporal pasa por los días, y según sea mercader del pasado o docente de escuela, el barrio existirá sólo los domingos o durante las jornadas hábiles. Y así habrá muchos intentos más por limitar a San Telmo, por conceptualizarlo, por encerrarlo en una cajita de definiciones. Soy de los que creen que el barrio –como el Universo- no tiene límites. O si tiene, pasan más por uno que por estrictas mediciones espacio-temporales.

Por eso, si un día de estos se topan con un extranjero que les inquiere sobre la cuestión, respóndanle en un vacilante inglés o en perfecto lunfardo, que el barrio está donde sus habitantes. Y si alguna vez todos deciden, de común acuerdo, mudarse a otro lugar, allí irá un cachito de San Telmo.

Porque San Telmo es sus estrechas calles y amplios zaguanes, sus gastados adoquines y lustrosas rejas, su pequeñez geográfica y grandeza histórica; pero también es su gente. Más que nada, su gente.-

Por Ricardo Fuentes

 

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