«Es mentira que no existen los imprescindibles»

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Carlos Ríos (76) fue internado y diagnosticado con Covid el 24 de febrero pasado en el Sanatorio Mitre. Cientos de amigos y socios candomberos recibían el parte diario enviado por sus familiares, donde se evidenció que «la peleó» hasta el último día. El corazón del mítico dirigente de San Telmo y del fútbol argentino dijo basta el lunes 17 de mayo. A continuación publicamos una «carta despedida» de su amigo Adrián Bevilacqua (imborrabletelmo)

Cuando un amigo se va queda un enorme vacío y la tristeza que se siente por no haber tenido la posibilidad de ese último abrazo, es infinita. El día que nunca debía llegar, llegó. El inmenso e irrepetible Carlitos Ríos se fue a alentar a San Telmo al cielo después de pelearla con todas las fuerzas que le quedaban contra este virus hijo del mil putas durante más de tres meses.

Para quienes hemos tenido la dicha de conocerlo, disfrutado, adoptarlo como guía por el camino del bien, y todo lo que nos ha enseñado con su palabra, su gesto siempre generoso, es una pérdida muy grande y no tenemos dudas de que se ha ido una persona, un dirigente imprescindible en la historia de San Telmo, un hombre que marcó una época en la vida azul celeste, porque le puso todo su amor sincero, incondicional, capacidad de gestión, el invalorable tiempo que le robó a su familia y el silencioso aporte de su propio patrimonio.

Muchas veces San Telmo salió a la cancha cuando no había un cobre, fue por Carlos Ríos. Por estas y muchas cosas que tienen que ver con el ejemplo a seguir, vamos a estar siempre agradecidos de que un Carlos Ríos se haya cruzado en nuestras vidas.

En nuestra juventud hubo una época en la que entrábamos a una cancha y había un señor con una tabla montada en dos caballetes y un talonario. Nos acercamos a ver de qué se trataba y el talón decía: «bono contribución, vale un tablón para volver a nuestra cancha». Lo vimos tan fanático y entusiasmado con la obra que nos conmovió y colaboramos con lo que pudimos. Al otro partido se repitió la misma escena. Y como siempre era el mismo tipo, nos pusimos a escuchar los comentarios de la gente que estaba cerca de aquella tabla que hacía las veces de mesa, y ahí supimos el nombre: Carlos Ríos.

En la tribuna irradiaba pasión y esa energía resultó un imán para los que por entonces arrancábamos a seguir al Candombero y por eso empezamos a ver los partidos cerca de él. Eso se convirtió en una cábala. Si San Telmo ganaba estando al lado de Ríos, al otro partido lo buscábamos de manera casi desesperada y por suerte siempre estaba, ahí, mezclado entre el resto de los hinchas, nunca se jactaba de su condición de dirigente.

Si alguna vez nos acercamos al club a dar una mano, fue porque a Carlos Ríos siempre le preocupaba el recambio generacional y entonces nos empezó a incluir silenciosamente en la reuniones. Nosotros escuchábamos sin emitir el mínimo sonido, casi asustados cuando empezamos a ver la realidad desde adentro. Los «grandes» de la mesa discutían acaloradamente y Carlos siempre ponía paños fríos, no sabemos cómo, pero tenía cintura para encontrar la solución y la calma, aunque en la mayoría de los casos, el antídoto a esos problemas era poner la mano en el bolsillo derecho. Él nos miraba y nos pedía que no nos preocupáramos, que era algo normal. Ahora, con el paso del tiempo, entendimos que era para que no saliéramos rajando y no aparecer nunca más por ahí.

Una noche de frío polar nos gratificó pidiendo que lo acompañemos a un locutorio antes de que cierre. No habían llegado los celulares todavía. La palabra internet no estaba en el diccionario aún. Carlos nos hizo pasar a la cabina y discó una, dos, tres veces hasta que lo atendieron. La comunicación fue nada menos que con Julio Grondona. «Te tengo que pedir un favor»... El libro de pases había cerrado tres días antes de esa llamada. Al parecer y por la manera que le había cambiado la cara a Ríos, el mandamás le había levantado el pulgar para «meter» un jugador más… Cuando salimos de ese locutorio a Carlitos lo vimos exultante y sus palabras quedaron bien grabadas: «con este refuerzo somos campeones por ocho puntos»…

Carlitos solía ir a la cancha en un Ford Taunus amarillo, inconfundible, con el que nos salvó de caer en cana en un par de oportunidades. Hace varios años ya, San Telmo jugaba una final en Remedios de Escalada y quiso el destino que lo nos cruzáramos por Avenida Pavón. Carlos ofuscado, había pinchado una rueda. Lo saludamos desde algunos metros, nos vio y se abalanzó casi desesperado sobre el coche que nos llevaba a ver esa final… «Por favor, háganme un lugar que tengo que llegar». Y cómo no íbamos a llevar a Ríos! Nunca habíamos visto a un dirigente llorar tanto después de perder esa final, desconsolado. Esas lágrimas nos terminaron de convencer que Ríos no era uno más, era de los que no iba a poder dormir por unas cuantas noches. Un distinto, el tiempo nos hizo conocer, sin dudas, al mejor.

El martes 18/5 Carlos Ríos pudo ser despedido por unos breves minutos en la puerta de la sede del CAST (Perú 1360)

Muchas anécdotas y momentos vividos con Carlitos vienen en este momento a la cabeza. La importancia de este hombre en los últimos cuarenta años de historia Santelmista es invalorable. Cuando parecía que no había horizonte alguno, estuvo ahí capeando las peores tempestades como solamente hacen los verdaderos GRANDES. Mucho de lo que San Telmo es hoy se lo debemos a él.

Haber crecido como personas cerca de Carlos Ríos como dirigente ha sido una bendición y vamos a estar eternamente agradecidos de que así haya sucedido. Su ausencia pesará, costará mucho acostumbrarse a un San Telmo sin Ríos pero ahora lo único que se nos viene a la mente es intentar honrarlo cada día haciendo cosas por el Club para continuar humildemente con su legado.

Nuestros sinceros respetos y cariños a toda su querida familia y amigos. Gracias Carlos, descansa en paz. Te vamos a extrañar mucho!

Adrián Bevilacqua – Socio Nº 356

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