EL DETERIORO DE SAN TELMO

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A pesar del impulso recibido por su cercanía con el mega emprendimiento urbanístico en Puerto Madero y el boom turístico y comercial de los últimos años, el barrio más pequeño de la Ciudad enfrenta problemas que no dependen de la voluntad de sus vecinos, por lo menos en forma directa.

Pareciera que las normas que garantizan la preservación del Casco Histórico son letra muerta a la hora de realizar construcciones, de las permitidas y de las otras.

La torre gigante de Garay y Chacabuco es el ejemplo del primer caso. La desarticulación del cuerpo de inspectores de obra, a poco de asumir Macri, es la causa del segundo.

 

A esto se suma el bacheo a las apuradas, y el bacheo “indiscriminado” con asfalto en calles empedradas, aún cuando hace tres años el propio Gobierno de la Ciudad se había comprometido a preservar el característico adoquinado de las calles, luego de querer convertir a Defensa en una peatonal asfaltada.

Otra falencia es el estado de las veredas. La administración del PRO se quedó a medio camino,  en la tarea de reparar y renovar las baldosas. Rompieron veredas sanas para cambiar los baldosones, y dejaron cuadras y cuadras rotas sin arreglar. Al respecto, las quejas de los vecinos también hacen centro en las decisiones inconsultas y desatinadas, un reclamo que debiera satisfacerse a partir de la asunción de los comuneros, después del 10 de Julio.

Finalmente, un problema que aqueja a gran parte de Buenos Aires: la basura que desborda los contenedores móviles, y la que queda desparramada por calles y veredas, luego del paso de los recicladores informales de residuos. Una manera eufemística de llamar a la gente que se dedica a seleccionar y recolectar basura, porque no consigue un trabajo mejor.

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