21/07/2024

LOS PIRATAS DE LA RED: ¿BÁRBAROS O ROBIN HOODS DE LA MÚSICA?

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LOS PIRATAS DE LA RED: ¿BÁRBAROS O ROBIN HOODS DE LA MÚSICA?

LOS PIRATAS DE LA RED: ¿BÁRBAROS O ROBIN HOODS DE LA MÚSICA?

Piratas del Caribe
Cuenta la leyenda que los piratas eran aventureros que intentaban hacer fortuna con los bienes ajenos en las aguas del Caribe durante los siglos XVI y XVII. Despojado del color de la mitología, el Gran Diccionario Salvat define al pirata como una persona que se apropia de ideas o del trabajo ajeno; persona cruel, despiadada, agrega. Hasta hoy, la trilogía de la saga “Piratas del Caribe” proyecta la imagen de un pirata agradable, humano y sentimental alejado del estereotipo de los famosos Barbanegra u el recordado pirata Morgan. En el siglo XXI, el vocablo pirata es utilizado en un sinfín de ocasiones: un marido infiel, un hacker o un vendedor de cds/dvds “truchos” –copiados clandestinamente-. Ahora bien, ¿el usuario informático que baja canciones desde su computadora personal para compartirla con otros infinitos pares, es un pirata según la definición del diccionario español? ¿O se trata de un buscador de tesoros que socializa la experiencia de escuchar música de un modo diferente, privado e individual, típico del nuevo mundo? 

Después de la llegada de Cristóbal Colón a las Indias Occidentales –América- en 1492, España y su poderosa flota establecieron una presencia dominante en esa zona. Enseguida las riquezas de oro y plata extraídas en el Nuevo Mundo llamaron la atención de Inglaterra y Francia. Estas naciones apoyaron en esa época la actividad de los corsarios que, básicamente, eran navegantes independientes utilizados por los países enemigos para pelear en las batallas, interrumpir el comercio y acosar a los españoles. Esta estrategia tenía el objetivo de establecer presencia en el Caribe, sin tener que pagar por una flota real allí. La tentación que generó el tesoro español borró enseguida la delgada línea entre corsarios y piratas. Estos últimos eran delincuentes que asaltaban a los barcos en tránsito. Uno de los más famosos corsarios en adentrarse en la piratería fue sir Henry Morgan, que fue impulsado por el gobernador británico de Jamaica para comandar a más de 1500 bucaneros. Con este aval, Morgan lideró atrevidos ataques y conquistas a colonias españolas como Portobello y Panamá y se ganó una aterradora reputación por los brutales actos que realizaba durante sus conquistas. En la actualidad y en sintonía con la historia antes relatada, las compañías discográficas argumentan que la piratería está matando a la música y a sus intérpretes aduciendo que el 60% de la facturación legal, solamente en la Argentina, se pierde por ese  medio (lo que serían 115 millones de dólares estadounidenses), y que las personas que bajan temas de la red, son piratas del ciberespacio más que corsarios del siglo XXI.

Piratas del nuevo siglo
Es indudable que la manera en que se escucha actualmente música no es la misma que la de antaño. En el siglo XIX, solo se podía escuchar música si quien la ejecutaba estaba frente a nosotros. Los discos grabados ya son centenarios y permitieron que la música pudiese llevarse de un lado a otro y que no fuese necesaria la presencia física del intérprete para poder escucharla. Así surgió la industria del disco: primero fue de pasta y no se grababan más de 1 o 2 temas en cada uno de ellos. Hasta la llegada de los Beatles y, específicamente, gracias a la innovación tecnológica y la profesionalización del rock, el disco como producto desplazó al single –una canción con su lado B- en los charts de ventas. En el siglo XXI, este fenómeno se reconvirtió: la canción se escucha más que un disco entero pero de una forma libertaria, cuasi anarquista. Cada oyente puede seleccionar, mediante las nuevas tecnologías, la forma, el orden, el intérprete, lo que se le ocurra, y crear un nuevo disco o una nueva selección de canciones. A su vez, las puede reinterpretar, recrear, cortar y pegarla con otra, remixarla y, por supuesto, compartirla con infinidad de personas sin necesidad de un soporte material. Por ese medio y gracias a las infinitas posibilidades que aportan los revolucionarios medios de la interactividad virtual, bandas como The Arctic Monkeys se hicieron mundialmente famosos –subiendo sus temas a la red mientras que miles de jóvenes ingleses bajaban sus canciones deseosos de que estos chicos de Sheffield grabaran un disco de una forma tradicional-. La historia de estos jóvenes ingleses como de tantas otras bandas y solistas del mundo que, gracias a Internet y sitios como MySpace o programas como el Emule o el Soulseek, alcanzaron los quince minutos de fama de los que hablaba Andy Warhol allá lejos y hace tiempo, es digna de destacar. En un mundo efímero, en todo se recicla, se transforma, mediante una velocidad exasperante con el reality y el talk-show como paradigmas, quince minutos de fama es demasiado; con quince segundos alcanza y sobra.

Los usos y costumbres de escuchar música no son los mismos de hace 40 años; es más, ni del siglo XX. Narcisista, el consumidor de discos de hoy en día, disfruta en soledad de sus cócteles musicales, envuelto en sus auriculares que lo conectan con un minúsculo aparatito que compacta a Shakira con The Shins, a Violeta Parra con Final Fantasy y a un cantante de tangos con Ok Go reinterpretando un clásico de The Cure.

En el 2006 la venta de discos cayó un 6% con respecto al 2005 pero se recuperó en relación con los últimos cuatro años gracias al auge de las melodías utilizadas en los teléfonos celulares (los famosos ringstones). A su vez, la Federación Internacional de la Industria Fonográfica (IFPI) advierte que los cds apócrifos es el principal problema que enfrenta la industria discográfica argentina Según Echegaray, vocero de IFPI, la venta de discos en la Argentina genera 115 millones de dólares al año pero que sólo en el puerto de Buenos Aires, a comienzos del 2005, la Aduana incautó 60 toneladas de cds y dvds vírgenes, provenientes de Taiwán, que estaban destinados a la industria pirata. Esto representa unos 3 millones de unidades que, en el mercado “negro”, se comercializarían en 25 millones de pesos.

Al analizar el surgimiento de los medios de comunicación de masas: radio, cine, industria del disco grabado y televisión por cable, todos tienen un punto en común: el surgimiento conflictivo con el status quo de aquel momento y la persecución por promulgarse como independientes del sistema. La industria del cine de Hollywood fue construida por piratas en fuga. Creadores y directores emigraron desde la costa este a California a principios del siglo XX en parte para escapar de los controles de las patentes concedidas al inventor del cine, Thomas Edison. Estos controles se ejercían por medio de un "trust" de monopolio, la Compañía de Patentes de Películas (MPPC en inglés), y estaban basados en la propiedad creativa de Thomas Edison—estaban basadas en patentes. Edison formó la MPPC para ejercer los derechos que le daba esta propiedad creativa, y la MPPC era estricta en cuanto a los controles que exigía, relata el académico estadounidense Lawrence Lessig en su libro titulado “Free Culture”, famoso por defender el “copyleft”, un modo de evitar el rígido esquema actual de derechos de autor y que deja en el propio creador el tipo de licencia que quiere ofrecer.

A su vez, la radio permitió la proliferación de innumerables señales y la regulación de las mismas llegó tiempo después, impulsada por los poderosos de la radiofonía argentina –lo mismo sucedió en el resto del mundo-. Por otra parte, la televisión por cable también nació de un tipo de piratería. Cuando los empresarios del cable empezaron por primera vez a cablear comunidades en 1948, la mayoría de ellos se negaron a pagarles a las emisoras en abierto los contenidos que repetían para sus clientes. Incluso cuando las compañías de cable empezaron a vender acceso a emisiones de televisión, se negaron a pagar por lo que vendían. Las compañías de cable estaban así aplicándole el modelo de Napster a los contenidos de las emisoras en abierto, pero, a diferencia del sitio de Internet, cobrando por los contenidos.

Los medios de comunicación, en su expresión más virgen, pura y natural, aportan infinitas posibilidades y expresan una concepción de libertad en el sentido del “hágalo usted mismo” de una célebre línea de ropa deportiva. El uso y el control que luego hacen las grandes empresas comunicativas con los medios es lo que los vuelve regulados mediante leyes y prohibidos para las masas, más allá de convertir a la mayoría en meros espectadores. La piratería es el robo llevado a cabo por móviles privados y realizado por medios coactivos, afirma el diccionario Salvat. Gran cantidad de bandas surgidas en los últimos años no estaría de acuerdo con tal definición. El cantante de Coldplay, Chris Martin, afirmó recientemente que hay cosas que le preocupan más que la piratería.

En su libro Patas Arriba, el reconocido escritor uruguayo, Eduardo Galeano, escribe: “Era un mago del arpa. En los llanos de Colombia, no había fiesta sin él. Para que la fiesta fuera fiesta, Mesé Figueredo tenía que estar allí, con sus dedos bailanderos que alegraban los aires y alborotaban las piernas. Una noche, en algún sendero perdido, lo asaltaron los ladrones. Iba Mesé Figueredo camino de una boda, a lomo de mula, en una mula él, en la otra el arpa, cuando unos ladrones se le echaron encima y lo molieron a golpes. Al día siguiente, alguien lo encontró. Estaba tirado en el camino, un trapo sucio de barro y sangre, más muerto que vivo. Y entonces aquella piltrafa dijo, con un resto de voz: -se llevaron las mulas. Y dijo: -Y se llevaron el arpa. Y tomó aliento y se rió: -Pero no se llevaron la música.

En la era del YouTube que permite que las herramientas de creación estén al alcance de todo aquel que posea una computadora personal, es imposible continuar controlando –más que protegiendo- los derechos de autor según el concepto del siglo XX. La sociedad digital pregona el libre albedrío y los Lars Ulrich –bateriasta del grupo de trash rock o heavy metal, Metallica, (famoso por su polémica e impopular batalla contra Napster y defensor a ultranza de los derechos de autor de los músicos y/o de su propio afán de juntar dinero)- deberán entender que el mundo ha cambiado inclusive para las estrellas también. Algo se mantiene intacto, aunque de formas indudablemente distintas: la música como elemento para oxigenar el alma o, simplemente, como vía de escape de un mundo cruel, sucio y despiadado. Larga vida a la melodía, al ritmo, a la transgresión y a la poesía de una letra, al canto y al rock como símbolo de resistencia y transformación.   

* Redacción Alerta Militante

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