TRES AÑOS DE LA TRAGEDIA EN EL BOLICHE REPÚBLICA DE CROMAÑÓN

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Las zapatillas de Cromagnon

Industria y cultura.

En el campo de las ciencias sociales, numerosos trabajos y espacios periodísticos fueron dedicados a la a la problemática juvenil en general y a la tragedia de Cromañón en particular. La gran mayoría de los textos hace hincapié en la vulnerabilidad del estrato social juvenil que se percibe desde la década del 90 y, fundamentalmente, la afección del vínculo social que se generó a partir de la tragedia, trastocando la vida cotidiana de miles de sujetos de un modo u otro cercanos a las víctimas.

La Tragedia de Cromañón abrió preguntas y debates posteriores en la sociedad argentina que generalmente se ubicaron en los parámetros de la culpabilidad del sector político implicado, el señalamiento hacia el empresario Omar Chabán (con la configuración del perfil de empresario corrupto) y el atosigamiento hacia los funcionarios civiles que no desarrollaron del modo en que debían las tareas para las cuales estaban designados. Sin embargo, poco se ha hablado sobre dos aspectos que nos parecen esenciales en el análisis de un fenómeno social de esta magnitud: uno, el que refiere a la estructura económica en que se asientan los espectáculos de rock juveniles, y el otro, el que versa sobre el  comportamiento cultural de los jóvenes, su comienzo histórico y el ritual rockero que trae aparejado por añadidura.

Por destacar tres trabajos interesantes en torno a Cromañón, alejados de la pirotecnia mediática y corporativa, nombramos “Lógicas de linchamiento” de Alejandro Kaufman(1), que describe la sed de venganza puesta en primer plano, además de la condición de vida de las civilizaciones urbanas, “Una tragedia argentina más” de Ana Wortman(2), que contextualiza históricamente las condiciones en que se generó Cromañón y, finalmente, la más reciente “Pensar Cromañón” de la socióloga Maristella Svampa (3), que analiza Cromañón como hecho y como movimiento.En este artículo intentaremos desmenuzar las causas y las consecuencias de la tragedia, con el fin de aportar a la discusión que debe darse en el marco de una sociedad sorprendida y lastimada. En el marco de la poderosa importancia que tienen los multimedios masivos de comunicación en la formación de “opinión pública” y conformación de ideas relacionadas al conflicto, nosotros pondremos el foco en aquello que no se dice, que se tapa, que no permite una seria discusión acerca de la problemática.

Entendemos por “discusión seria” una que despliegue sobre la mesa todas las variables que constituyen el problema y no sólo aquellas que convienen a la actual espectacularización de la televisión argentina, que no perdona siquiera al dolor más profundo que aqueja a los familiares.

Como decíamos, quizás el dato que está faltando en las investigaciones periodísticas y en la opinión especializada de diversos intelectuales es una descripción acerca del mecanismo económico que caracteriza a la industria cultural, en este caso del rock.

Las culturas juveniles encontraron en el rock ese lugar de contención social donde circulan símbolos, experiencias y prácticas compartidas que no encuentran en otros ámbitos de su vida social. Allí, la procedencia de clase o el nivel socioeducativo se anula, dando lugar al goce de la música en sí misma, coronada por ritos que envuelven la actividad, construyendo una mística que va desde el seguimiento religioso de las bandas favoritas como de la compra de sus CD’s y todo el merchandising disponible.

Investida de las mismas recetas neoliberales que alcanzaron su apogeo durante los años ‘90, que pregona por la solvencia del Mercado en asuntos que van más allá de las jornadas laborales y se intromete también en el mercado del ocio, la música rock no pudo salir de la disyuntiva que le genera la independencia artística y la conquista de nuevos nichos de mercado. Así, numerosas bandas barriales (denominadas también “rock chabón”) se sirvieron de los resortes mercantiles para consagrarse con cierta masividad que las hacía llegar a la mayor cantidad de gente posible. Sus seguidores, jóvenes de distinta procedencia social y geográfica, llenaban sus estadios devolviendo la efervescencia de la música como parte de un show que no escatimaba en colorido, adrenalina, gritos y pogos.

De esta manera, la generación de esta cultura juvenil logra, por un lado, la identificación de numerosas personas con las letras y la música de sus bandas favoritas y, por otro, un gran negocio que implica tanto a productores y editores como a dueños de boliches y teatros que con el clásico principio de la “oferta y la demanda” agrandan sus honorarios a causa de la sobreventa de entradas y la venta de bebidas al interior de sus locales.

El plus de ganancia que generan estos shows se deriva en un principio por alquilar espacios más económicos que permitan el ingreso de miles de personas, ofreciendo suntuosos ingresos a las bandas que, ya atadas contractualmente con las empresas discográficas, necesitan del “vivo” para recuperar una porción del dinero invertido.

Repensando nuestro accionar.

Decíamos entonces, que dos ejes interesantes para pensar una discusión sobre lo que sucedió aquella noche en el boliche de Once, es la sumatoria de una estructura económica propia de la industria cultural, que utiliza las clásicas recetas del capitalismo avanzado en busca del “lucro”, más la conformación de una cultura rockera aglutinadora de jóvenes golpeados socialmente que hacen del show una fiesta en la que se sienten partícipes. Por eso entendemos que no se trata de “negligencias” individuales ni de dueños-monstruos voraces de dinero, sino de un comportamiento arraigado socialmente que prioriza la ganancia rápida e insensata de divisas valiéndose de jóvenes consumidores de música comercial para lograr el cometido.

Si bien entendemos que una de las falencias de la sociedad argentina en los últimos 30 años fue el desplazamiento de importantes debates a cambio de ficticias condenas que despiertan la ilusión de justicia, en este caso no parece inocente el bombardeo mediático en torno a la condena de Omar Chabán y Aníbal Ibarra, teniendo en cuenta que los principales protagonistas del pedido de justicia son los desesperados padres de las víctimas.

El foco puesto en el dolor de los padres, mecanismo televisivo exitoso, distrae sobre la verdadera necesidad social de un debate que involucre no sólo a las personas directamente implicadas, sino a todos los actores sociales que se interesen en reformular la relación actual que existe entre bandas y público, empresarios y música, publicistas y artistas. En fin, que actualice el viejo debate entre Arte y Mercado.

La maduración de una sociedad con respecto a su pasado no se hace, creemos, depositando todo el peso de la bronca en dos o tres o cinco responsables judiciales de la tragedia, sino ofreciendo a todos los sujetos sociales las distintas miradas acerca de las causas de la misma. De esta manera se permitirá reflexionar en conjunto acerca de quiénes son los que manejan el negocio de la música, por qué la música en tanto arte está en manos del Mercado, a través de dónde conocen los jóvenes a las bandas de rock y qué papel juega el Estado en todo esto. Sin correr el eje del conflicto hacia acusaciones de linchamiento. Sin desamparar institucionalmente a quienes más están sufriendo por Cromañón.

Así sangraremos la herida. Así aprenderemos y creceremos. Así evitaremos un nuevo Cromañón.

* Redacción Alerta Militante
Estudiante de Comunicación (UBA)

1- Diario Página 12, 30 de junio de 2005.
2- Revista Argumentos, UBA, 5 de junio de 2005.
3- Revista Ñ del Diario Clarín, 29 de diciembre de 2007.

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