LA REINA NO SE VIENE CON TODO

En la Argentina posterior a la debacle enconómica, social, política, institucional y cultural de fines de 2001 y 2002 se ha instalado un modo, un modelo de construcción del poder que pasa lejos de las organizaciones políticas y sociales, tal y como las conocimos. Eso también se refleja en la notoria degradación del sistema republicano y democrático. Cada vez menos republicano y cada vez menos democrático.

En la Argentina el poder se construye desde los centros del poder, preferentemente los económicos y financieros, que constituyen un subsistema dentro del sistema, y que a partir de allí generan e impulsan aquellas iniciativas que resultan favorables y beneficiosas a sus intereses.

De este modo, se ha desplazado el eje que otrora recayera en los partidos políticos como elementos de interacción entre la sociedad y el Estado, así como han sido desterradas las buenas prácticas de la democracia interna. Las candidaturas surgen a través de operaciones políticas, son definidas en reductos del poder, en despachos oficiales, en fundaciones que son más bien tapaderas de negocios, en salones de residencias privadas. Ya no hay asambleas, convenciones, congresos democráticos donde se debatía y se elegían candidatos. Ya no hay elecciones internas en los partidos políticos. El más triste ejemplo de ello es la UCR, donde un puñado de lobbystas al servicio de intereses corporativos decide la estrategia y la propuesta del partido y define a dedo y entre cuatro paredes quiénes son los candidatos que deberán representar a esa fuerza.

La comunicación, la difusión, el estudio de opinión, forman parte de ese subsistema de las corporaciones que han suplantado al régimen de partidos democráticos, desplazándolos a un lugar testimonial, virtualmente en extinción.

La más clara muestra de ello es la desaparición de la UCR y el PJ como organizaciones políticas de carácter nacional. Sin perjuicio de que las palabras “radical” y “justicialista” o “peronista” siga siendo aplicadas para calificar a tal o cual referente, dirigente o grupo. Han desaparecido las “orgánicas” de los dos grandes movimientos políticos argentinos. Ellos han sido subsumidos o absorbidos por otras formaciones más o menos volátiles, más o menos amorfas, que se reconocen emparentados con las antiguas formaciones políticas a partir de determinada pertenencia histórica, premisas o modalidades de discurso y de acción política. En general se referencian en ellas como un modo de apropiarse de lo que quede de su ajado prestigio o su historia, pero siempre con el fin de malversarla al servicio de mezquinas aspiraciones.

En la Ciudad de Buenos Aires esto es aún más evidente que en el resto del país, donde aún en crisis, subsisten expresiones partidarias como la UCR y del PJ, aunque también muy diluidas y condicionadas por los dirigentes de turno y sus necesidades inmediatas de asegurarse o hacerse del control del poder. Como si el poder fagocitara todas las energías políticas impidiendo el ejercicio de la renovación, la periodicidad y la alternancia. Se trata de la ocupación del poder por el poder en sí mismo. El poder como fin, no como medio; en una concepción auténticamente retrógrada y reaccionaria que nos hace involucionar en la escala democrática.

En la Capital de la Nación, la UCR y el PJ han estallado en una suerte de Big Ban y sus multiformes e incontables desprendimientos han  tenido diversos destinos y se han acoplado a distintas expresiones, agrupamientos, coaliciones, frentes y uniones, cuyas diferencias en lo ideológico o programático en casi la totalidad de los casos es harto difícil de desentrañar, habida cuenta que no es posible determinar la existencia real de ideología y programa en ninguna de ellas.

El comicio del próximo 3 de junio constituye una verdadera disyuntiva y encierra algunos interrogantes que es necesario dilucidar para propender a un análisis que permita arribar a conclusiones positivas para la consolidación del proceso de autonomía democrática que la Constitución Nacional ha destinado para este distrito y sus habitantes y ciudadanos.

Si nos atenemos a lo que sostienen los medios masivos de comunicación y los principales analistas de opinión pública tenemos que aceptar que ninguna de las opciones electorales está en condiciones de triunfar y hacerse del control del gobierno local en la primera ronda comicial, ya que la Constitución local exige una mayoría de más de la mitad de los votos válidos emitidos para que eso se produzca.

Es decir que las dos fórmulas de candidatos a jefe y vicejefe de Gobierno que obtengan más votos, serán las que en definitiva deberán dirimir cuál de ellas habrá de encabezar la administración local los próximos cuatro años, ballottage mediante.

Siempre tomando por válidas las “opiniones” de los sectores antes mencionados, solo tres binomios se encuentran en situación de acceder a ese segundo turno electoral: el integrado por Mauricio Macri y Gabriela Michetti, el compuesto por Jorge Telerman y Enrique Olivera y el que comparten Daniel Filmus y Daniel Heller.

Vale decir que dos de estas tres fórmulas deberán enfrentarse un par de semanas después, si el 3 de junio ninguna de ellas diera el batacazo superando el 50% de los sufragios, algo verdaderamente improbable.

No es el objeto de este análisis abordar la cuestión de probabilidades estadísticas acerca de cuántos votos terminará colectando cada boleta, sino más bien desentrañar la ya mencionada trampa subliminal del certamen que dirimirá la futura jefatura y vicejefatura de gobierno porteño.

La Ciudad afronta determinados problemas propios de toda megalópolis: espacio público, salud y educación, seguridad y control, corrupción administrativa, tránsito y transporte, contaminación del medio ambiente, distribución del ingreso, opotunidades laborales, etc. Todos ellos impactan en la vida cotidiana de los porteños y hacia ellos deben dirigir su mirada los candidatos que buscan convencer para obtener el voto.

De los aspirantes a los cargos en disputa se han oído y se oirán en adelante demasiadas soluciones enunciadas con la certeza propia del realismo mágico. Pero ellas mismas encierran un germen de falsedad y es que ninguno de los actores de este proceso político institucional que abre por estos días la Ciudad es ajeno a las causas que ocasionaron estas consecuencias que vivimos los porteños, con el consiguiente deterioro de nuestra calidad de vida. Ellos, los candidatos que según dicen cuentan con más chances de triunfo, procurarán mostrarse como “lo nuevo”, endilgándole a “los otros” el rol de “lo viejo”, y se enfrascarán en debates bizantinos eludiendo así asumir con criterios de verdad la responsabilidad de ofrecer a la ciudadanía un verdadero proyecto de ciudad por los próximos cuatro años, asumiendo – en caso de corresponder- la autocrítica por los errores pasados que determinaron que la Ciudad hoy esté peor que cuando cada uno de ellos tuvo la oportunidad de mejorarla.

Podemos estar seguros que todos los que por estos días harán ingentes esfuerzos por convencer al vecino de Buenos Aires de que son “lo nuevo” que viene a reemplazar “lo viejo”, han tenido desde 1989 a la fecha su oportunidad, con importantes funciones en niveles de decisión y la han desaprovechado o bien la aprovecharon en beneficio propio, pero originando consecuencias negativas para las necesidades e intereses de la comunidad.

El candidato oficial del kirchnerismo Daniel Filmus, es un especialista en educación proveniente de FLACSO. Con esos pergaminos desembarcó en 1989 en el área educativa de  la administración municipal de Carlos Grosso, que fuera designado Lord Mayor de Buenos Aires por el supremo riojano que prometiera salariazo y revolución productiva. También supo ser de la partida cuando en el esplendor menemista impusieron desde el Ministerio de Educación Nacional y en cumplimiento de las pautas de los organismos internacionales de crédito (FMI, Banco Mundial) la malhadada Ley Federal de Educación, genial propuesta que derivó en la monstruosa pauperización educativa del país, de la que ahora encontró la receta para salvarlo el mismo autor de la desgraciada iniciativa, esto es, el propio Filmus. Es muy común que el peronismo genere el virus y a su vez los anticuerpos. Este sería un caso.

El otro aspirante de origen peronista es el actual jefe de gobierno local Jorge Telerman, que aspira a que la sociedad porteña le otorgue la oportunidad de asumir por sus propios méritos y no por el desplazamiento de un compañero de fórmula. Es que Telerman tampoco es un recién llegado a la Ciudad, ni puede alegar que “en la mitad de tiempo hizo el doble”. Merece que se le cuenten los años como secretario de Cultura porteño durante la primera administración de Aníbal Ibarra en tiempos de la alianza de éste con Fernando De la Rúa (Sí, De la Rúa, el del helicóptero) entre 2000 y 2003. Y también los casi dos años como vicejefe de Ibarra y secretario de Promoción Social (desempeñó los 2 cargos simultáneamente), ya en su segundo mandato, de 2003 a 2006.

Como es un hombre versátil, el falso licenciado tiene un frondoso cursus honorum al servicio de los tres grandes prohombres del justicialismo prekichnerista: Antonio Cafiero, Carlos Saúl Menem y Eduardo Duhalde, de los cuales supo despegarse a tiempo antes de compartir sus caídas.

Caso aparte es su candidato a vicejefe, llegado a ese sitial por el impulso de la Dra. Carrió quien quizá por inspiración purpural terminó impulsando esta coalición electoral. Enrique Olivera es un hombre de bien, llegado a la política de la mano del mismo De la Rúa mencionado antes, de quien fue compañero de fórmula en la comuna desempeñando el rol de vicejefe entre 1996 y 1999, cuando debió asumir la titularidad del Ejecutivo local por la elección presidencial de su socio político. Al finalizar su mandato, fue elegido legislador como cabeza de la lista de la Alianza desempeñando la Vicepresidencia 1º de la Legislatura por un período breve, retornando al legislativo comunal en 2005 ya por las listas del ARI. Es decir que también cuenta con un importante currículum en materia de cargos de relevancia en el orden local.

Corresponde hacer un alto en la figura de Mauricio Macri, el ingeniero y heredero del imperio económico fundado por su padre, presidente y gerenciador del club que representa según la tradición popular la mitad más uno de las almas argentinas.

No puede decirse que Macri presente los antecedentes de sus oponentes en cuanto al desempeño de funciones políticas e institucionales con rango decisorio en el distrito porteño. Pero sí debe decirse que no es inocente en el proceso social, económico y político de la Ciudad. Su protagonismo proviene de su condición de hijo y heredero así como directivo de las empresas familiares que desde los tiempos del inefable intendente Grosso hicieron grandes negocios en detrimento del patrimonio y el erario porteño. 

Más acá en el tiempo y en virtud del capricho de niño bien eligió dedicarse a la política y le tocó conformar una coalición en la que recalaron expresiones de la derecha vernácula de todo pelaje. Si bien no logró que los vecinos porteños lo catapultaran a la alcaldía en 2003 obtuvo la mayoría legislativa para su fuerza política (ratificada en 2005), convirtiéndose en la llave de la gobernabilidad de la Ciudad. Es decir que ninguna norma puede resultar aprobada en el legislativo local sin el visto bueno de Macri. Si a todo esto le sumamos que una de las boletas que postulan a Daniel Filmus está encabezada por el destituído en juicio político ex jefe de gobierno Aníbal Ibarra como legislador porteño, podremos arribar a la conclusión como aquél viejo proverbio de que “nada nuevo hay bajo el sol”, al menos bajo el sol de la Reina del Plata que parece que no se viene con todo, sino con más de lo mismo.

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