RECUERDO DE MARIO ABEL AMAYA

Amaya fue abogado de los presos políticos de la "Masacre de Trelew"

Amaya fue abogado de los presos políticos de la “Masacre de Trelew”

Nadie lo había acusado de nada, ni tenía proceso de ninguna especie, ni se le reconoció derecho alguno de defensa y, tal como ocurría entonces, previamente había sido secuestrado para pasar a ser un desaparecido, luego sería reconocido como detenido y, finalmente, sometido al perverso trato de preso “de máxima peligrosidad“, impuesto por decreto por el gobierno de la señora Isabel Martínez de Perón.

La cronología y el itinerario de lo sucedido a Amaya comienzan el 17 de agosto, Día del Libertador, cuando en la madrugada se realiza su detención en Trelew ("mi secuestro lo efectuaba al mismo tiempo el Ejército, en mi domicilio de Puerto Madryn"). Luego se efectuarían los traslados en avión a la Base Aeronaval de Bahía Blanca, y de ahí al centro de tormentos y ejecuciones que funcionaba en el Regimiento 181 de Comunicaciones de la misma ciudad, conocido con el nombre de ” la Escuelita “, donde él y yo revistamos como desaparecidos.

El 31 de agosto se realizó el traslado, también clandestino, hasta las afueras de Viedma, donde en una farsa se simuló un tiroteo con la Policía Federal , para hacer creer que quienes nos traían eran “sediciosos”. Se nos arrojó con violencia del vehículo en que veníamos atados, amordazados y encapuchados, a una zanja lateral al camino, y en seguida nos detuvo la policía, mientras huían quienes nos habían transportado.

Al día siguiente, se nos condujo detenidos en avión desde Viedma hasta la Base de Bahía Blanca y de ahí hasta la cárcel de Villa Floresta. El 11 de septiembre, se ordenó nuestro traslado y el de otros detenidos hasta la cárcel de Rawson. Tras descender el avión en la Base Aeronaval de Trelew, todos recibimos un castigo feroz que se prolongó durante muchas horas de ese día y en los siguientes en la prisión de la que era director el prefecto Osvaldo Fano y estaba bajo el control del militar Barbot.

Ese trato cruel, inhumano y degradante fue la consecuencia directa de la muerte de los dos del grupo con salud más precaria: Mario Amaya, que era asmático, y Jorge Valemberg, ex presidente del Concejo Deliberante de Bahía Blanca, una honorable persona mayor, integrante del justicialismo.

No sólo ninguno de ellos recibió atención médica, sino que a Amaya se le retiraron el inhalador y sus medicamentos. Si bien estábamos todos incomunicados en el Pabellón 8 de Rawson, con la intención de que no trascendieran al exterior los tormentos recibidos, tuve ocasión de ver a Amaya por última vez en el baño, tenía la cabeza partida, estaba morado por los golpes y hablaba con dificultad. Alcanzó a decirme: “Estoy muy mal”.

Amaya, desahuciado por los médicos, fue trasladado al hospital de la cárcel de Villa Devoto. Su madre, que fue autorizada a verlo, pasó frente a su cama del hospital sin reconocerlo por el estado en que se encontraba como consecuencia de los sufrimientos que se le habían infligido.

Amaya falleció el 19 de octubre de 1976. Tenía 41 años. La represión a Amaya, que culminó con su asesinato, no fue un caso aislado. Fue similar a la que sufrieron miles de ciudadanos de distintos pensamientos políticos, ajenos a las prácticas de la violencia, pero cuyas actividades perfectamente legales y sus pensamientos progresistas molestaban al régimen.

Mario Abel Amaya era radical, como lo eran Felipe Rodríguez Araya, de Rosario; Angel Pisarello, de Tucumán; Sergio Karakachoff, de La Plata , y no agoto con estas menciones que pongo como ejemplo la lista de quienes en nuestra fuerza cívica cayeron para siempre como víctimas de la represión ideológica, sin contar los que sufrieron otras formas de persecuciones y sin dejar de reconocer que hubo corrientes políticas más afectadas que la nuestra.

Amaya había nacido en Dolavon, Chubut, el 3 de agosto de 1935. Sus padres provenían de la provincia de San Luis, de donde eran también sus familias. Su progenitor se había trasladado a la Patagonia para ejercer la docencia. Mario Abel se educó en Trelew hasta terminar el colegio secundario y luego se instaló en Córdoba, donde cursó sus estudios de Derecho, militó en el Reformismo y se graduó de abogado. Regresó a Chubut y se dedicó al ejercicio de su profesión y a la enseñanza en el Colegio Nacional de Trelew.

Se enroló en las filas de la Unión Cívica Radical desde su época de estudiante y, al radicarse en su provincia, adhirió desde su formación al Movimiento de Renovación y Cambio, liderado por Raúl Alfonsín.

Hombre inteligente y solidario, Amaya se vinculó con la defensa de los presos políticos que fueron enviados a Rawson en los regímenes que gobernaron desde 1966 a 1973. Fue apoderado del líder sindical Agustín Tosco, del que fui su abogado defensor.

Cuando, después de su liberación, Tosco regresó a Córdoba, el 25 de septiembre de 1972, nos invitó a Amaya y a mí para que lo acompañáramos en el avión y participáramos en el acto multitudinario de recepción en Redes Cordobesas. Las defensas de presos políticos fueron, por esos años, un apostolado de riesgoso ejercicio. Las listas de víctimas, seguramente incompletas, recuerdan que hubo 27 abogados asesinados, 109 presos, más de 200 exiliados, en el ciclo de años crueles que se clausuraría el 10 de diciembre de 1983, al reintegrarse el país a la democracia.

El gobierno militar de 1972 puso a Amaya, por decreto, a disposición del Poder Ejecutivo, cuando se produjo la evasión de la cárcel de Rawson, el 22 de agosto de ese año.

Nada tuvo que ver Amaya en ese episodio, pero se aprovechó su presencia en el aeropuerto de Trelew, desde donde los fugitivos partieron en un avión secuestrado, para castigar su lucha antidictatorial.

El se encontraba ahí para entregar a una dirigente del gremio docente, en el que militaba y al que asesoraba, unos papeles que aquélla debía llevar a Buenos Aires. Amaya fue trasladado a la cárcel de Villa Devoto y me designó entonces su abogado. Al cabo de tres meses fue liberado por la enorme presión que se ejerció por él y otros detenidos en forma arbitraria, desde la Asamblea Popular de Trelew, que se reunió en forma continuada durante varias jornadas en el Teatro Español de esa ciudad.

Durante el período de su prisión, sus amigos habíamos proclamado su precandidatura a diputado nacional. Después de triunfar en la convocatoria partidaria, nuestra lista, en la que yo iba de candidato a senador, fue elegida en los comicios generales de marzo y nos incorporamos a nuestras respectivas cámaras el 25 de mayo de 1973.

Como diputado se distinguió por la defensa de las causas populares, de las libertades públicas y los derechos humanos.Figuraba ya en las listas negras de la intolerancia, que los propios servicios de informaciones y sus grupos terroristas anexos, como la Triple A, hacían públicas con fines de intimidación.

Amaya fue velado en Buenos Aires, en el barrio de Mataderos, porque la dictadura no permitió que se lo hiciera en la Casa Radical ni en otro lugar del centro de la ciudad. Después fue trasladado y enterrado en Trelew en medio de un clima represivo, donde lo despidieron Raúl Alfonsín y Carlos Fonte, su colega en la Cámara de Diputados. Fue un demócrata cabal.

Mario Abel Amaya fue un mártir de sus ideales democráticos y se erige como un ejemplo para las nuevas generaciones.

* Ex Senador Nacional

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