Pensando a Cristina

Compartir!

Cristina Kirchner

Bill Kovach decía que el periodismo era la primera versión de la historia, sin embargo, la mayoría, o quizá la totalidad, de las notas escritas en la gráfica de estos días envolverán la lechuga mustia de una verdulería de barrio.

Infinitos colegas, expertos en psicología, intelectuales e intelectualoides han expuesto los futuros, posibles o imposibles cambios del significado de que una mujer haya alcanzado el sillón de Rivadavia. ¿Importa el género para gobernar? ¿O quizás lo importante sea que el publicitado nuevo gobierno de “el cambio recién comienza” sea un compromiso para el no-cambio y que el cambio, realmente, jamás empezará?”.

El periodista y escritor Tomás Eloy Martínez razona que para el matrimonio político más importante desde los tiempos de Juan Domingo Perón y Eva Duarte (la incomparable Evita), el relato de la historia es un sinfín de desaciertos hasta la llegada de ellos al poder, al comienzo fue su marido, ahora será el turno de la dama. Pero el pasado real –no el ideado ni el soñado- comenzó hace más de cuatro años y medio. Desde 1983 a la fecha gobernaron diversos presidentes, algunos mejor no recordar, pero que, sin embargo, realizaron gestos y medidas a contramano de sus actitudes: el juicio a las Juntas Militares a menos de dos años de la caída del régimen dictatorial fue un hecho innegable e histórico; una proeza cívica-.

Las circunstancias no pueden obviarse y el contexto funda el relato conformando la realidad –o la aparente realidad de las cosas-. El discurso de asunción de Cristina Fernández de Kichner enamoró a los radicales por sus consignas “a lo ´83” me confesó recientemente una flamante diputada de la denominada Concertación Plural; y despertó aplausos encendidos de los compañeros peronistas.

La sociedad se quedó pasmada por un político que habló sin leer y dueña de una oratoria que nada tiene que envidiarle a Hugo Chávez ni a Fidel Castro –los medios se encargaron de remarcarlo una y mil veces obviando el contenido del discurso y remarcando sus formas-. Sensible, políticamente correcto, plagado de deseos, de palabras identificatorias, el discurso presidencial fue todo aquello que su marido quiso ser pero no pudo por su mediocre performance discursiva y su falta de improvisación en público aunque el ex presidente la suplantó con su rebeldía a los protocolos y sus gestos simpáticos de un típico argentino medio. El discurso de Cristina en el Congreso, fue progresista y conciliador aunque también fue todo aquello que se critica de esos grandes títulos sin trama. Ya lo dijo el escritor Alan Pauls quien se siente progresista pero, dice, “…aborrezco de esa cultura en que se basa en el dolor, la inmediatez, la cercanía, en la identificación, en el “ser igual que”, en lo simple, en lo esencial…”  

En un reciente seminario organizado, entre otros, por el director de esta revista 1, la Diputada Silvia Vázquez, hizo referencia a la necesidad de que la política medie con la sociedad, no sólo a través de los grandes medios de comunicación pues, afirma, “la política tercerizó el mensaje”.

¿Cómo analizar y pensar un gobierno obviando ese proteico triángulo generado entre los periodistas, los políticos y la opinión pública? Pensar la comunicación es un ejercicio que requiere un distanciamiento difícil de alcanzar, ya que nadie, y menos algún periodista estrella que deambula por la televisión, puede ocuparlo: la posición exterior o neutral. La opinión cero o la nada, no existe, es algo opuesto a  dejar a los hechos desnudos en las páginas, que hablen y dialoguen entre ellos, o como conseguir sacarles una foto sorpresa, que es algo tan difícil como que este gobierno se resigne de argumentar su relato de la historia sin intentar vencer aplastando al oponente más allá de convencerlo –como marcaría el manual de la retórico desde los tiempos de su creador, Aristóteles. Y ese discurso que destruye al pasado, es el mismo que defiende sus formas y sus avasallantes medidas que violan la división de poderes –súper poderes, reforma de la Magistratura, falta de control del presupuesto público, desinformación oficial en casos de corrupción- por el contexto. ¿Pero si la economía marcha tan vigorosamente bien –gran mérito de la anterior gestión- por qué mantener las leyes y los poderes de los tiempos de emergencias? ¿Si existe tal grado de poder político por qué pactar con las oscuras corporaciones?

La vida de la ya presidenta siempre estuvo signada por esa interminable búsqueda por ser. “Una precoz  obsesión por construirse a sí misma, por corregir lo dado” como afirma Carlos Pagni. Cuando nació Cristina, un 19 de febrero de 1953 –acuariana para los fanáticos del zodíaco- hacía ya 7 meses que Eva Perón había dejado este mundo terrenal. Según la biografía autorizada de la periodista Olga Warnat,Reina Cristina”, la hija de una militante sindical en la Asociación de Empleados de Rentas e Inmobiliario, nació en un suburbio de La Plata: un caserío humilde de Ringuelet. Según vecinos de la capital de la provincia más vasta del país, Cristina nació en Tolosa, otro paraje alejado del centro universitario de la próspera ciudad. Escasas son las fotografías de su infancia y pobre la información de aquellos días: se conoce que su madre tenía un carácter fuerte y era el eje familiar, y que la niña Cristina creció con un padre ausente que se integró, nuevamente, a la familia, cuando su hermana Giselle estaba en camino. Cristina tenía dos años. El lugar paternal quizá lo ocupó el tío Osvaldo Fernández quien murió baleado accidentalmente por un enfrentamiento entre policías y guerrilleros en 1974, en tiempos de la Triple A. En su adolescencia afianzó su carácter, su obsesión por el aspecto y su anhelo de ser aceptada. En 1973 conoció a Néstor y al poco tiempo rompió con su novio de aquel entonces, un rugbier de clase media perteneciente a la burguesía platense: Raúl Cafferata y amigo de Carlos Bettini –futuro embajador, 30 años después, de Cristina en España-.

La primera semana de gobierno fue una pesadilla. No existe el clima romántico que envolvió la asunción de su esposo. No estamos en el 2003.

El 2008 nacerá con subas en todas las tarifas de transporta de corta, mediana y larga distancia, aumentos en los impuestos municipales y quién sabe en cuántos servicios públicos más. Los slogans de las campañas publicitarias de marketing política comenzarán a caer como un maquillaje descuidado y la verdadera cara se verá al gobernar.

Los taxistas ya insultan a Mauricio Macri por el caos de tránsito –asumió hace una semana- y a Cristina los sindicalistas parecen no tenerle la complacencia que tuvieron con Néstor. Como si fuera poco, a escasas horas de asumir, el escándalo de la valija del famoso Antonini Wilson estalló nuevamente y se propagó por la prensa mundial bajo subtítulos tan horrorosos como contrabando, lavado de dinero, favores políticos y plata sucia para la campaña K. La presidenta acusó al FBI y a la justicia de los Estados Unidos y catalogó a los hechos como una “campaña basura”.

El piquetero Luis D` Elia habló de un complot orquestado por dos grandes multimedios: uno venezolano y otro argentino que sería el grupo Clarín. Otros les echan las culpas a los “gusanos” de Miami y hasta a la dirigente de la Coalición Cívica. Otro piquetero, Raúl Castells, este opositor, le dijo hace 70 días a este cronista que el kirchnerismo aunque gane el 28 de octubre ya es un cadáver político.

En la obra de Shakespeare, “Julio César”, dice Casio: “la culpa, querido Bruto, no está en nuestro destino, sino en nosotros”. Para el kirchnerismo, como para cualquier pensamiento con tintes totalitarios, la culpa siempre es del otro y la construcción se alcanza buscando oponentes, personas, grupos, agrupaciones, corporaciones o hasta países, con los cuales confrontar. Su modus operandi tiene un linaje y es heredero de las organizaciones armadas (la orga) de los setenta: un grupo cerrado, hermético, minúsculo, donde se toman todas las decisiones. Lo que se resuelve allí se baja al resto, del que sólo se espera acatamiento. ¿Está mal? Es un estilo.

Otros partidos políticos o gobiernos han deliberado y discutido tan democráticamente que aún lo siguen haciendo y jamás decidirán nada: son los políticos amantes de las discusiones acaloradas de café. Ahí está un Luis Zamora destruyendo la popularidad alcanzada cuando el poder parecía hacerle un guiño histórico en el 2002. Por eso es difícil entender como gran parte de dirigentes, funcionarios honestos que elogian al gobierno K, critican solo ciertos elementos indignos y espurios del Frente para la Victoria: ¿es posible creer que un ministro haga negocios non sanctos sólo para su beneficio personal bajo un sistema de poder tan centralizado? 

En la serie televisiva “Código X” se hacía referencia a una verdad que “está allá afuera”; para la familia Kirchner la verdad siempre estará allí dentro. Son ellos. Ese discurso humilde de Néstor hablando de que “somos un grupo de dirigentes comunes aunque con enormes obligaciones” ha sido dejado de lado por un discurso que menciona, sin decirlo, a las virtudes de una familia de iluminados: un matrimonio, una hermana o cuñada según desde qué lugar en la mesa familiar se pare uno, y un par de amigos incondicionales como el caso de Rudi Ulloa, “un humilde hijo de chilenos a quien los Kirchner incorporaron como cadete, chofer, asistente todoterreno” como señaló Carlos Pagni. Hoy, Ulloa, ocupa un lugar político relevante. Administra un diario, una radio y un canal de televisión en Santa Cruz con un programa central que se llama “El ojo del amo”. Cuando se observó a Florencia Kirchner –la hija del matrimonio más poderoso de los últimos 30 años- caminando con el bastón presidencial, muchos se preguntaron ¿el cambio recién empieza?

Como el ciudadano Kane, los Kirchner han construido un inmenso Xanadú en donde los periodistas bien pensantes tienen prohibida la entrada. Cristina tiene por delante cuatro años para demostrar que su discurso será su práctica y que los cambios institucionales serán reales. ¿El contexto? Una sociedad en donde los que menos tienen más defienden y apoyan al actual gobierno y donde la clase media le dado la vuelta el 28 de octubre aunque no sea en forma definitiva. Nada es tajante ni categórico cuando se hace referencia a esta clase tan diversa y ecléctica que siempre aspira a ascender en la escala social, que se vuelve conservadora en tiempos “progresistas” y/o populistas, y “progresista” durante los vientos neoliberales.

El Kirchnerismo cuenta con una base fiel electoral similar al peronismo de los años ´50 pero con el vigor, la autoridad y los medios de los `70. Por ahora, a una semana y media de Cristina en el poder, la concertación es una cuestión de corrección política y no mucho más.   

1Lic Gabriel Santagata, Director Revista Alerta Militante

* Redacción Alerta Militante

Compartir!

Comentarios

Comentarios