EN LA CIUDAD DE LA FURIA

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En la ciudad de la furia podría ser el título de un matutino que cuelga en un puesto de diarios los días posteriores al 19 y 20 de diciembre de 2001 en Argentina. Sin embargo, es el nombre de una canción de mediados de los 80 de Soda Stereo, y nos sirve como disparador de una serie de reflexiones de lo que sucedió en los días mencionados.

La banda, nacida bajo el ala de la “primavera alfonsinista”, supo aprovechar esa convulsión de la juventud que, diezmada durante el proceso dictatorial, encontró en el rock la vía de escape de tantos años de represión. La canción, en cambio, años después, dibuja cuerpos grises en ciudades de la misma tonalidad, donde los augurios de bonanza eran cambiados por grandes dificultades económicas que, años después, repercutirían negativamente en toda la sociedad.

“En la ciudad de la furia, donde nadie sabe de mí y yo soy parte de todos”, traduce a la perfección ese entramado social de interdependencia que conecta a cada individuo con el resto, y 15 años después esa misma “muchedumbre solitaria” representaría el síntoma de un proceso de vaciamiento del país que culminó con la paciencia de los “caceroleros”.

La furia se contagió de cuerpo en cuerpo, y miles de personas se abrazaron en el grito desesperado “que se vayan todos” para manifestar esa sensación de hastío hacia la clase política que, codo a codo con los peces grandes de la economía, se encargaron de disparar hacia el bolsillo de la mayoría de la población. Tiempo después, la renuncia de Domingo Cavallo y de Fernando de la Rúa puso de manifiesto la dificultad del movimiento asambleario de lanzar nuevos líderes capaces de disputar el poder con la antigua casta.

Otro pasaje, “es el destino de furia lo que en sus caras persiste”, cumple con su misión profética de describir aquél campo fértil para la agitación popular, cuando se pensó (quizás muy apresuradamente) que la clase media aguantaría en el tiempo su relación con la clase baja. Esa clase, la que vota y tiene la histórica intención del “ascenso social”, huyó de la participación al momento en que los partidos políticos de izquierda quisieron encauzar el torbellino con consignas que, en esos días, estaban vistas con malos ojos.

El estigma recayó sobre el término “político”, y se le opuso el más simpático “espontáneo”, por lo que el imaginario social en boga consistía en rechazar también la política de izquierda, y quién sabe si no hubiera conducido a otro tipo de bloque eleccionario con posibilidades concretas. El bombardeo mediático colaboró en el clima social de rechazo a todo lo que venga de la política, en tanto los novatos partícipes del nuevo movimiento social apoyaban con cánticos a los piqueteros pero no dudaron en diferenciarse de ellos una vez re-conducido el panorama político.

Hoy, a 6 años del suceso, ese “vacío” institucional fue aprovechado por las fuerzas de derecha que con nuevas camadas de políticos intentan despolitizar el espacio social, ofreciendo nuevas miradas a las demandas sociales que cuentan con el visto bueno de la población. Sin embargo, estos nuevos actores sociales desprovistos del peso histórico de la corrupción utilizan eufemismos empresariales (gestión, eficiencia) que alimentan políticas de cuño neoliberal.

Lo más importante es rescatar el valor de las asambleas vecinales que sedimentaron en la memoria de las luchas populares una nueva forma de canalizar la impaciencia y ofrecieron su espacio para servir de soporte a los grupos de ciudadanos que necesitaron trocar su bronca en creatividad, su desesperación en manifestaciones y su furia en participación.

 

Estudiante Comunicación UBA
* Redacción Alerta Militante

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