¿TENEMOS LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN QUE NOS MERECEMOS?

Homer

Verdaderamente, ¿Tenemos los medios de comunicación que nos merecemos? ¿Cuanto hay de cierto en ese cartel? ¿Cuanto hacemos nosotros, como ciudadanos, en tratar  que esos medios respondan a su función primordial? Si se tiene en cuenta que la función ideal de los medios en nuestra sociedad está planteado como el de informar, entretener y de transmitir contenidos que permitan el fortalecimiento de la identidad como sociedad.

O tal vez nos deberíamos preguntar cuál es la función actualmente de los medios masivos de comunicación en nuestro país. Cuál es, en especial, la televisión que queremos tener y cuál es la que tenemos. Este es el medio masivo por excelencia, con una llegada muy poco inocente. Su influencia en nuestra sociedad es tan importante que se la compara con el resto de las instituciones sociales, tales como la educación formal, la familia, el Estado, la religión, entre otras.

En la actualidad, no se concibe que los hogares no tengan por lo menos un aparato receptor. Las diferencias que se presentan se basan en el número de aparatos que las personas posean en sus hogares; los servicios con los que se cuentan para recibir los canales (sistemas de televisión pagos o gratuitos) o, tal vez,  en las horas a la semana que dedica una persona al consumo de los productos televisivos. En mayor o en menor medida, nadie queda excluido de este medio, de su influjo que atraviesa los más heterogéneos grupos y sectores sociales.
Qué hacemos para que la pantalla no sea invadida por cuerpos esculturales casi o en su totalidad al desnudo en cualquier horario, sin ningún tipo de disimulo y por cualquier canal de aire.

Programas en los que se toma el cuerpo femenino, principalmente, como única excusa, como único medio para el entretenimiento. Por qué tenemos que ser partícipes del ascenso a la vida pública de unos cuantos jóvenes desconocidos, encerrados en una casa, observados las 24 horas por largos meses. No es de mojigato, ni mucho menos de puritano, plantear estas cuestiones, sino más bien, hacerlo como ciudadanos críticos, sujetos con derechos a poder decidir, transformar y modificar aquello que consideremos injusto y banal.

En la esfera televisiva, no hay nada nuevo bajo el sol. Tan sólo es una constante  e innecesaria retroalimentación de la TV por la TV misma. Los únicos cambios son las maneras de presentación, pero en cuestión del contenido nada sorprende. Es un tanto inútil preguntarnos cual es la TV que nos quieren mostrar. Es sabido que los medios de comunicación son un gran negocio, donde no interesa más que el beneficio económico que con estos se pueda alcanzar. Esto está presente claramente en la pantalla y sobre esta cuestión no existen dudas.
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Entonces, ¿Quiénes deben hacerse cargo del control de lo que es transmitido y retransmitido hasta el hartazgo, principalmente, por la televisión?

Hay que tener en cuenta que lo que se pretende es un control, pero lejos de la aplicación de censuras en los contenidos,  lejos del ataque a las libertades. Cuando los organismos del Estado actúan sancionando o controlando los distintos medios, muchas veces están jugando sobre una delgada línea que está próxima a la censura. A lo largo de la historia de nuestro país, en la que se ha atravesado largos períodos de represión, los medios de comunicación han sido el  blanco favorito de los intolerantes. Hoy, esto no debe ser aceptado. Es nuestra responsabilidad hacer valer aquellos derechos alcanzados, pero también es nuestra responsabilidad hacernos cargo de lo que ellos significan.
 
Si el control de los organismos estatales no logra un equilibrio justo. Si las instituciones han ido perdiendo su capacidad de formadores de ciudadanos críticos y comprometidos. Entonces somos nosotros como sujetos activos y conscientes los que debemos actuar y modificarlos.
No es un tema o una problemática que sea nueva. Ya que caemos en la cuenta cual es el problema, cuales sus causas, podemos encaminar responsabilidades.

Los medios de comunicación actuales no son los que nos merecemos, como nos hace creer aquel cartel de la revista de economía. Son los que tenemos, pero que podemos, de una u otra manera modificar. Es casi una obligación y responsabilidad de todos y cada uno de los ciudadanos el bregar por una televisión donde podamos ver respetados nuestros derechos. Nos debemos comprometer en ser controladores y veedores de esta televisión que nos incomoda y nos crispa. Debemos plantearnos cómo actuar para no estar de manera  casi obligados a exponernos a esa realidad ficticia que no es la nuestra. Una realidad con la que no nos identificamos y de la cual nos interesa ser partícipes.

* Lic en Comunicación Social de la UNC

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