UN MILLÓN ES POCO

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Nos referimos al film denominado en estas pampas: “QUIEN QUIERE SER MILLONARIO” (dirigida por Danny Boyle -también galardonado como mejor director-) que obtuviera ocho de las codiciadas estatuillas.En esta oportunidad la Academia de Ciencias y Artes de Hollywood ha reparado en la noción de valor de cambio para otorgar el premio a la mejor película al merituar su originalidad y la labor de orfebrería puesta en su realización.

 

Se torna difícil comentar una película de características tan singulares, máxime cuando dicho cometido es emprendido por un simple aficionado al séptimo arte.

Comenzamos por señalar que, en rigor, su título en inglés es: “SLUMDOG MILLIONAIRE”, considerablemente más apropiado a la índole de la temática.

La expresión “slumdog” según información de una de nuestras gentiles asistentes experta en el idioma de Shakespeare, proviene del slang neoyorquino, significando algo así como: “perro callejero”.

Ello ya nos pone sobre aviso que la película discurre sobre las peripecias de un marginal que, en parte por el azar pero más por su perseverancia y astucia, llega a la final de un concurso televisivo por veinte millones de rupias, lo cual implica, claro está, salir de la pobreza extrema y transformarse en millonario.

Esta brevísima introducción no debe inducir a equívocos: no se trata de una variante exótica del sueño americano como tampoco una versión aggiornada de un cuento de las mil y una noches. Por el contrario, aún cuando sea aventurado un encasillamiento de género para este film, adelantamos que es, ante todo y luego de disipada la emoción que genera, un formidable disparador para múltiples reflexiones.

En primer lugar cabe detenerse en el escenario: la ciudad de Bombay (ahora rebautizada Mumbai), la cual es, quizás, el paradigma más genuino de un país deslumbrante y cruel como La India.

Se trata de una ciudad portuaria ubicada en la costa occidental del país sobre el Mar Arábigo. Tiene veinte millones de habitantes y una densidad de población promedio de 28.992 h/Km2.

La dualización social típica de la India, que contrapone la opulencia con la indigencia extrema, es el paisaje natural de Bombay. Los grandes edificios donde moran colosos de la informática y la industria automotriz rodeados de cientos de villas miseria gigantescas con viviendas (es una licencia lingüística) asentadas sobre montañas de basura.

Bhuleshwar, el barrio donde habitan los hermanos Jamal y Salim Malik -principales personajes de la trama, junto con la bellísima Latika-, tiene una densidad poblacional, y esté seguro el lector que este escriba está sobrio, de 400.000 habitantes por Km2!!!!!!!

La comparación con un hormiguero se queda corta. Simplemente para consuelo de los sufridos porteños, Buenos Aires tiene una densidad de 13.680 h/ por Km2………

En segundo lugar adentrémonos mínimamente en el contexto: la India, entre sus varias extravagancias, presenta dos realmente impactantes: su sistema de estratificación social y sus multietnias.

Con respecto a lo primero, es sabido que desde hace 3000 años hay cuatro castas (nichos sociales compartimentados, cuya condición se trasmite hereditariamente) que correspondían a: altos dignatarios religiosos y ricos, burócratas estatales y militares, comerciantes, y esclavos, respectivamente. Pero aún hay más. La condición de “paria” implicaba que había millones de hombres y mujeres que estaban legalmente fuera del sistema, ni siquiera se los aceptaba como esclavos. Eran, y esto es estricto: “intocables” so pena de sanciones a aquél que se relacionara con ellos.

Como una ironía de mal gusto: las vacas eran celosamente protegidas, los intocables rigurosamente excluídos.

Podrá decirse que a fines del siglo XX se abolieron parcialmente las normas que sustentaban esta barbarie; empero, como bien muestra la película, subsisten resabios de estas prácticas y no están reconocidos los matrimonios intercastas.

Refiriéndonos al tema multiétnico, ello conlleva el problema de las rivalidades religiosas. Particularmente, al drama de los hermanitos Malik arranca con la masacre de 1992, perpetrada en Bombay entre hinduistas y musulmanes, que se cobró miles de muertos y dejó un tendal de familias desmembradas.

Los Malik quedan huérfanos, librados a sus propias fuerzas, acechados por policías y traficantes de seres humanos, sin acceso a bienes básicos para subsistir. Latika, una niña desposeída, se une a ellos en la dramática aventura por sobrevivir en el infierno.

Lentamente comienzan a perfilarse las personalidades de los hermanos: Salim es violento e inescrupuloso; por el contrario, Jamal, aún siendo pícaro, se muestra sensible y afectuoso.

Al seguir sus peripecias, este escribidor las asoció con las novelas tradicionales de la literatura picaresca española del Siglo XVI, que muchos leímos en la escuela secundaria, tales como: “El Lazarillo de Tormes”, “El Buscón” (Quevedo), y “Rinconete y Cortadillo” (Cervantes); más cerca en el tiempo, es casi imposible no rememorar la célebre novela de Jorge Amado: “Capitanes de la Arena” que contrapone la hermosura de San Salvador de Bahía con los niños abandonados, unidos en la miseria en las doradas playas, donde delincuencia e inocencia se yuxtaponen en una mezcla patética y agobiante.

Finalmente los caminos se bifurcan. Salim se une a una mafia local, en tanto que Jamal trabaja como cadete en un call-center, concibiendo la idea de concursar en el célebre programa “Quién quiere ser millonario”, el cual consiste en formular una pregunta de cualquier tema al participante y brindarle una cuadruple choice para ir avanzando en la premiación.

Niño Y aquí viene la virtud de creatividad de la película que ponderamos al comienzo: Jamal, semianalfabeto, va superando las incógnitas a través de los recuerdos (dramáticos, tragicómicos, o graciosos) atesorados en su corta e intensa vida.

No es a través de un saber enciclopédico que logra colocarse a las puertas del triunfo, sino la siniestra riqueza de sus precoces vivencias.

La película transita entre el thriller y la estética del video clip en una combinación fascinante. Salta en el tiempo una y otra vez. El ritmo es vertiginoso y el espectador no tiene respiro. Queda atornillado a la butaca, olvidándose de su propio mundo para compartir el derrotero de Jamal.

No en vano también ganó el Oscar a la mejor edición, la cual es verdaderamente portentosa.

Nos cuesta cerrar este comentario sin decir algo, tal vez inoportuno o políticamente incorrecto, sobre las tendencias multiculturalistas hoy en boga.

Como enseña Giovanni Sartori (“La Sociedad Multiétnica”, Editorial Taurus, 2001) existe una moda intelectual (en gran medida, inspirada por el pensamiento de Michel Foucault) consistente en aceptar las diferencias culturales entre los pueblos aún cuando resulten agresivas o repugnantes para alguno de ellos.

Parece existir una confusión entre pluralismo y multiculturalismo.

Pasamos a explicarnos.

Cabe un primer distingo vinculado al respeto a las culturas de los Estados soberanos que integran el Orden Internacional. Desde Occidente podemos experimentar un fuerte rechazo a la ablación del clítoris a las mujeres en países de religión animista o musulmana, pero ello no confiere, desde llego, el derecho a invadirlos para imponer nuestro propio punto de vista.

Existe, sí, el derecho y la obligación de bregar pacíficamente para desbaratar esa práctica brutal e injustificada desde cualquier principio ético a partir del cual se la analice.

Ahora la situación varía cuando comunidades migradas de esos países pretenden continuar con ese tipo de costumbres aún residiendo en otros que las repudian.

Allí debe desbrozarse la idea de tolerancia de aquélla que se emparienta con la complacencia irresponsable y anómica.

El multiculturalismo extremo culmina en un relativismo cultural absoluto que, a la postre, atenta contra la idea de integración y convivencia.

Continuando con ejemplos extraídos de la realidad, nos parece que constituye una muestra de pluralismo que países de tradición secular permitan que en las escuelas públicas los alumnos puedan llevar objetos simbólicos de sus respectivas religiones. Es una concesión a la libertad de conciencia que no provoca daño comunitario.

Muy distinto es el caso que se pretenda absolver penalmente   -sobre la base de la persidad cultural-    al padre que mató a la hija que rehusó casarse con el pretendiente previamente designado por el clan familiar.

Eso no es tolerancia, es imbecilidad……

El film ganador del Oscar invita a estas cavilaciones y muchas otras que -no sin esfuerzo-   nos abstenemos de desarrollar en homenaje a la paciencia del lector.

En conclusión, estamos en presencia de una de esas películas que se recuerdan por mucho tiempo, y jamás se olvidan.

* Director de Revista “Panorama Laboral”

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